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VECINO ¿SE NACE O SE HACE?
Y DE HOY
El paseo buscó rescatar, entre todos, las huellas que, en Palermo-Colegiales, dejaron los modelos productivos del último siglo. La búsqueda no fue inocente, buscó una hipótesis: ¿esos modelos configuran la forma de ser vecino?
Así como las
ruinas de civilizaciones pasadas abren sus secretos a los ojos de los
arqueólogos, la "textura" de las actuales ciudades
nos habla de los sucesivos modelos productivos que las construyeron.
Ahora, esto ¿puede ser aplicado a un barrio? Más aún,
además de la arquitectura barrial, esos modelos ¿también
construyen distintas formas de ser vecino? Para hacer más interesante
el desafío vale animarse con una particularización: esto,
¿se aprecia en Palermo Viejo?.
A mediados del siglo XIX, el ahora escondido Arroyo Maldonado, cruzaba Palermo, que todavía no era viejo, y brindaba su humedad a numerosas quintas luego inmortalizadas con el nombre de sus dueños: Bollini, Baltasar Castelli y Tobal. Unos años mas acá, al filo del 1900, el ferrocarril comenzó su tarea de conexión y demarcación. En Palermo, como pasaría en todo el país, las vías sembraron estaciones. Unieron. Pero sus terraplenes también demarcaron. Así, el barrio, además del Maldonado tuvo su triángulo férreo: al sur los viaductos del Pacífico --hoy San Martín--, al Noreste, el Central Argentino --Mitre--, y uniéndolos una vía muerta que iba de Chacarita a Colegiales. Un triángulo de ensueño El ferrocarril, durante largos años, fue el sistema circulatorio que dio vida al modelo agroexportador argentino. No solo sembró la pampa de ilusiones de quienes venía "hacerse la América". Dio también, con la Primera Guerra, la estructura para que naciesen los cultivos industriales. Así, en el NEA, creció el algodón. Por carácter transitivo, el "oro blanco" habilitó a una incipiente industria textil en la Capital Federal. Más aún, esto se acrecentó con la crisis del ´30 y su consiguiente protección aduanera --rondaba el 67%-- . Así, volviendo al triángulo barrial, mezcla de Palermo y Colegiales, en su lado norte y al borde de la inmensa playa de maniobras del entonces ferrocarril Central Argentino, se alzó la Manufactura Algodonera Argentina. La Algodonera, como se la conoce, nació a comienzos de los 20, "alimentada con fardos de algodón traídos por una vía propia que pasaba por la playa de maniobras hacia dos grandes galpones que estaban sobre Niceto Vega", contó a La Nación Jorge Boullosa, de la Junta de Estudios Históricos de Chacarita y Colegiales. Torcuato Di Tella, en un antiguo trabajo, ubica a la enorme Algodonera en el límite de una zona donde abundaban las textiles medianas y chicas "ampliamente ligadas al ambiente barrial con mezcla residencial de clase obrera y clase media". La capacidad productiva de la Algodonera, que aún ocupa una manzana en Córdoba y Concepción Arenal, la colocaba entre las mas importantes del país. En plena producción, sus telares consumían 7.000 toneladas de algodón que eran convertidas en innumerables productos por casi 4.000 operarios. El oficio requería de saberes específicos, así los primeros trabajadores "eran vascofranceces, catalanes, valencianos y, algunos, polacos. Había muchas mujeres", contó Oscar Antonelli. Cuando a comienzos del ´30, con 16 años, Antonelli terminó el industrial en el Colegio León XIII, que está a 5 cuadras de la fábrica, no lo dudó y marchó a la textil donde trabajó hasta entrados los '40. No solo estudio y empleo, el barrio también acunó amores. Su novia, y actual mujer, trabajaba en la Fábrica de medias Reina Cristina, que estaba en el centro del triángulo barrial --donde hoy está América TV--. El "sábado inglés" lo pasaba, junto con su hermano, en el club que la Algodonera tenía en la terraza. Recuerda, con una fascinación que se lee en el brillo de los ojos, haber compartido la pileta de natación con el hijo menor de los Bemberg, quienes en los '40 compraron la fábrica. Ese brillo en los ojos habla de la relación paternalista que, por esos años, solía unir a patrones y obreros. Como su nombre lo indica, dicho paternalismo estaba cargado de amor y odio que cementaban la comunidad laboral y daban una forma de "ser trabajador". Claro, terminada la tarea, esto se llevaba en la piel y también conformaba el afuera: el ser vecinos. El barrio, como la tierra, tenía de todo ¡inclusive el pater familiae --Bemberg--!. Dorados trigales En 1921, un ramal del Central Argentino (Mitre) y la mencionada vía muerta que lo unía con el del Pacífico (San Martín), dieron origen a otra fábrica: el Molino Minetti, de la Sociedad Anónima Minetti, según se lee en "El sol en las manos", de Efraín Bischoff. El ferrocarril traía los granos de la pampa y el molino los trocaba en harina. Los enormes silos se levantaban por sobre el verde de las muchas manzanas de la playa de maniobras del ferrocarril. Tal era la importancia del Minetti que, como dice Vicente Cutolo, en su libro "Historia de Buenos Aires", en 1922 lo visitó el propio presidente Alvear. Evaristo Lezcano entró a trabajar en el molino en 1947. Hasta el 69 fue uno de las 200 personas --150 operarios y 50 administrativos-- que, en tres turnos diarios, movían sus pesadas ruedas. "Por toda la zona crecían fondines para darnos de comer a nosotros y, sobre todo, a los changarines del Mercado Frutihortícola de Dorrego", contó. El molino era imán para emprendimientos afines: sobre Honduras, a una cuadra, Debernardis tenía el galpón para los carros que llevaban la harina al puerto --hoy son garajes Cablevisión-- y enfrente, sobre Dorrego, estaba la fábrica de fideos Letizia. Según recuerdan los entrevistados, era frecuente que al medio día --los turnos eran cortados-- las fabriqueras de Letizia, Reyna Cristina, la Algodonera y de muchas fábricas barriales chicas --cintas y elásticos sobre Bompland, Cremalín en Humboldt,...--, se desparramasen por el barrio hacia sus cercanos hogares. Había que atender a la familia y, quizá, descansar. Una de vides En el otro extremo del triángulo barrial, ya bien en Palermo, las vías del ferrocarril San Martín, ante el aumento de la población y del consumo de vino de mesa --se almorzaba en la casa-- , fueron el conducto para los vinos de Cuyo. Y con ellos las fraccionadoras. El hecho de que los envases fuesen retornables --de vidrio--, hacía que el costo del transporte descolocase al fraccionamiento en origen. En los ´60, el 90% de los 90 litros de vino que cada uno de los argentinos consumía por año se fraccionaba en las ciudades. Así, sobre Juan B. Justo, surgieron una docena de fraccionadoras que trajeron un movimiento incesante. A los camiones cuyanos se sumaban los de reparto minorista. "Solo de Peñaflor salían 300 camiones repartidores por día", contó Lito Narmona, recordando su tarea de esos años. Pero el ferrocarril traía otras bebidas. Y allí, también estuvo Narmona. En los 50, el padre tenía una lechería en Humboldt y Charcas y él, niño apenas, repartía la leche que llegaba por las vías. Desde entonces, se afincó en el barrio que recorría en el carro lechero --hoy tiene una almacén junto con Mary, su mujer, en Humboldt a media cuadra de Santa Fe--. Su memoria desgrana la actividad barrial de entonces: "los bodegones que daban de comer a los camioneros eran incontables". Tres fábricas, tres hombres, una factor común: la comunidad laboral continúa en el barrio. Esto, salva el particularismo y confirma la hipótesis: en Palermo-Colegiales el modelo agroexportador y, mas tarde, la inclusión social nacida en los ´40, conformó un tipo de barrio y, con el, un tipo de hombre. El vecino, liso y llano. Padre ¿hay uno solo? El modelo de industrialización, iniciado en los 30 se profundizó en los 40, con la llegada de Perón. No solo eso, las relaciones paternalistas, ejemplificadas en la Algodonera, se extendieron a la política. Fueron los descamizados, el pueblo, quienes quedaron cementados en la relación de amor y odio con su líder. Ahora, los trenes trajeron a las gentes del interior atraídas por ese modelo inclusivo. Así, las ciudades mostraron las marcas de la pobreza esperanzada: las villas. Y, el triángulo barrial tuvo la suya: la de Colegiales, la N° 30. Se asentó en la playa de maniobras del estatizado ferrocarril Mitre. Con un trabajo de hormigas, en el día a día, esos brazos rellenaron los terrenos bajos del playón y comenzaron a llenar de vida ese espejo verde que discontinuaba el barrio. La villa Colegiales llegó a tener 10.000 nuevos vecinos. Y, a mi ¿qué me importa? En los 70 desaparecen muchas cosas. Desaparece la búsqueda de la mentada industrialización. Así, entre el terror de la dictadura y la continuación reciclada del paternalismo peronista llegado con Menem, labraron el actual modelo aperturista. Entre 1978 y 1980, las armas de la dictadura erradicaron unas 180.00 personas de los asentamientos de la Capital. La villa de Colegiales fue levantada. Donde estaban sus casillas, los alambrados hoy demarcan Universidades privadas, una unidad de transferencia y un club del CEAMSE y una Transformadora de Electricidad. Ahora, este nuevo modelo, ¿qué hizo con los trenes? ¿y con "nuestras" fabricas barriales? En los trenes, ahora privados, ya ni se habla de mercancías. Dos de las fábricas --la Algodonera y los silos de Minetti-- se han reciclado en sendos conjuntos de exclusivos loft. Por otro lado, donde hubo vino, hoy hay canchitas de fútbol. Falta la pregunta del millón, el modelo ¿qué hizo con los hombres? Por el lado de los "vecinos" institucionales: el CEAMSE se saca de encima la basura y la deposita lejos, en la provincia; en el barrio es vox populi que los antiguos transformadores eléctricos dejaron su carga de muerte ya que contaminaron la tierra con PCB. Por otro lado, la gente de carne y hueso fue buscando el encierro. Encierro que intenta negar el afuera y, además, negar que se lo niega. ¿Qué son, sino renegación, las murallas que rodean los loft?. Murallas que, para adentro, marcan el hedonismo que trajo, para algunos, la década de Menem. Queda claro, el modelo neoconservador también dejó marcas en la forma de ser vecino en Palermo-Colegiales. Dejó un individualismo, un qué me importa, que está en las antípodas de la solidaridad que se extendía al vecindario en los modelos anteriores. ¿Ruidos de parto? No hace falta explayarse para mostrar que el modelo iniciado en los 70 está enfermo. Los ruidos de cacerolas del 19 y 20 de diciembre son signo tanto de agonía como de parto. ¿Hay rastros de ello en la barriada en cuestión? Sin intentar una búsqueda melancólica, se están recreando la vecindad perdida: en la zona hay tres Asambleas barriales, una la de Palermo Viejo y dos de Colegiales. En ellas los vecinos están ganando la calle. Solo por mostrar algunos ejemplos, los de Palermo Viejo organizaron un mega evento --La Trama-- donde 5.000 personas recorrieron el vecindario en un fin de semana. Y lo hicieron bajo el lema de "reconstituir el tejido social roto por la dictadura y el individualismo menemista". Las tres Asambleas están ayudando a una panificadora zonal --Grissinopoli-- para que la quiebra de la empresa no arrastre a los trabajadores. Todas acciones sin ninguna participación del Estado. Es decir, actos que por sí hablan que esta nueva vecindad están muy lejana de la relación vertical de cualquiera de los paternalismos vistos. "Que se vayan todos" puede ser leído, en esta barriada, como ¡basta de pater falimiae! --¿qué representan, sino, las denostadas instituciones?--. El desarrollo de la nota mostró que si cambia el cuerpo objetivo del barrio, también cambia el cuerpo subjetivo de los vecinos. Demostró que el hombre es construido por el sistema. Pero, es sabido que esto es un ida y vuelta en donde lo objetivo se interpenetra con lo subjetivo. Así, en Palermo Viejo, y seguramente en muchos barrios, los vecinos están de vuelta.
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