Antiglobalización,
militarismo y lamebotismo
James
Petras
La Jornada
Tres fuerzas principales actúan sobre el mundo contemporáneo:
el movimiento antiglobalizador, cada vez más opuesto al
dominio del capital euroestadunidense y a las guerras
imperiales; la militarización que realiza Washington de la
política y la economía de su país y del mundo, y el incremento
del lamebotismo entre líderes tercermundistas ansiosos de
ofrecer favores a Washington a cambio de préstamos, de acceso
a los mercados, o por simple servilismo ideológico.
Cada una de estas tendencias es evidente en los sucesos
recientes, en forma que sugiere que están interrelacionadas.
El resurgimiento de la oposición global a la dominación
imperial estadunidense y europea es evidente en todo el mundo
desde diciembre de 2001. En Porto Alegre 70 mil participantes
de todo el mundo repudiaron el dominio del capital y
promovieron una variedad de propuestas progresistas
alternativas para lograr la paz y la justicia social. En
Argentina cerca de tres millones de personas han mostrado
activamente su repudio a la clase gobernante local y a sus
patronos europeos y estadunidenses, y lograron ya deponer al
primer presidente lamebotas, aunque no a todos.
En Barcelona, España, el 16 de marzo pasado, cerca de 400 mil
personas denunciaron el neoliberalismo, el capitalismo y los
preparativos de guerra de Washington, desafiando a 20 mil
soldados y policías de Aznar, así como a helicópteros armados,
fragatas de guerra y aviones AWAC. En Italia, el 23 de marzo,
dos millones de trabajadores y empleados marcharon en contra
de las políticas neoliberales de Berlusconi, la guerra
estadunidense y la globalización. Los movimientos sociales
convergen, hermanándose a través de las fronteras y creciendo
en tamaño y perspectiva, uniendo temas nacionales con la
oposición a las trasnacionales y a los planes bélicos de
Washington.
En respuesta al desafío democrático popular, Washington ha
adoptado una estrategia dual consistente en aumentar su gasto
militar y lanzar una ofensiva diplomática para estimular el
lamebotismo entre políticos clientes, en particular, aunque no
exclusivamente, en América Latina.
El gobierno de George W. Bush ha incrementado oficialmente su
presupuesto militar en cerca de 20 por ciento, casi 300 mil
millones de dólares. En el mismo periodo ha extendido sus
bases militares nuevas en las antiguas repúblicas soviéticas
de Asia central y Georgia, así como en Yemen, Macedonia,
Kosovo, Montenegro, El Salvador, Filipinas, Ecuador, Brasil,
Aruba y Perú. Además, Washington recluta y financia
mercenarios para patrullar regiones de conquista, como las
fuerzas turcas en Afganistán, los militares paquistaníes en
las fronteras afganas, los kurdos en el norte de Irak,
etcétera. La confrontación mundial entre los movimientos
antiglobalizadores y populares y el militarismo estadunidense
se relaciona íntimamente con el creciente rechazo a las
políticas neoliberales y a la explotación que realizan las
bancas estadunidense y europea y las corporaciones
trasnacionales.
En esta confrontación Washington ha demandado cada vez más a
sus gobiernos clientes del Tercer Mundo que intervengan en
favor de su imperio. El lamebotismo no es un fenómeno nuevo:
en los periodos coloniales y neocoloniales hubo líderes de
tribus, terratenientes, señores de la guerra y mercaderes
dispuestos a colaborar en el saqueo de sus países a cambio de
dividendos materiales y estatus privilegiado entre los
súbditos coloniales. La típica sicología del colaborador
lamebotas es autoritaria (en el sentido que Theodor Adorno da
al término): a los pies de los poderosos, a la garganta de los
indefensos.
En meses recientes Washington ha dado luz verde a sus clientes
lamebotas en América Latina. El presidente designado de
Argentina, Eduardo Duhalde, se ha comprometido a votar junto
con Estados Unidos en contra de Cuba y se manifestó dispuesto
a enviar tropas mercenarias a cualquier guerra que Washington
declare. El mandatario Andrés Pastrana pone fin a las
negociaciones de paz, apoya el control creciente de Washington
de las operaciones militares en Colombia y sigue perdiendo
tanto el apoyo popular como la guerra con la guerrilla. El
presidente Alejandro Toledo ofrece a Washington nuevas bases
militares, mayor control sobre los ríos y fronteras de Perú a
cambio de puras promesas de mayores préstamos militares. El
gobernante de Chile, Ricardo Lagos, ofrece votar contra Cuba
en Naciones Unidas (Ginebra) y apoyo al ALCA a cambio de ser
incluido en el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica.
Mientras estos presidentes siguen la línea ortodoxa de
servilismo lamebotas a cambio de algún favor económico, Jorge
G. Castañeda, secretario de Relaciones Exteriores de México,
aplica una política lamebotas heterodoxa: actúa en favor de la
política estadunidense mientras incrementa los privilegios
económicos de sus patrones estadunidenses. George Castañeda,
como se le conoce entre sus mentores de Washington, demuestra
que el lamebotismo puede alcanzar alturas nuevas e
insospechadas... de servilismo. George fue el primer canciller
latinoamericano en declarar apoyo incondicional a la
intervención militar estadunidense en Afganistán.
De hecho, ¡les ganó por varios días a sus competidores
lamebotas latinoamericanos! Luego, durante una reunión con
exiliados cubanos en Miami, procedió a provocar una ruptura de
los lazos históricos entre México y Cuba, incitando al lumpen
isleño a irrumpir violentamente en la embajada mexicana en La
Habana. Posteriormente desinvitó a Fidel Castro a la
conferencia de la ONU en Monterrey, cumpliendo en la forma más
servil con los "protocolos" de Bush. Castañeda no pidió nada a
cambio de estas violaciones de la tradicional política
exterior independiente de México: no hubo intercambio alguno.
Más aún, Castañeda apoyó la propuesta de Bush de que la ayuda
al exterior debe ir acompañada de mayor control e intervención
imperial para asegurar que los fondos no sirvan a propósitos
nacionales o populares. Castañeda, con aprobación del
presidente Vicente Fox, accedió a permitir mayor control
aduanero y migratorio estadunidense en el lado mexicano de la
frontera. Estados Unidos ha respondido al servilismo de
Castañeda cerrando miles de maquiladoras (se han trasladado a
China) y despidiendo a decenas de miles de trabajadores.
No creo que Washington haya "presionado" a George, como
afirman algunos críticos. Tiene un largo y nada distinguido
historial de servir a sus patrones estadunidenses. Su variedad
de lamebotismo heterodoxo es ideológica y personal: ideológica
porque cree que los líderes del Tercer Mundo deben
subordinarse a Washington ya que ése es el orden natural del
mundo. Como un campesino servil me dijo alguna vez: "Hay una
jerarquía en el mundo en la cual uno sirve al patrón y ordena
a los peones". Personal, porque el grupo de referencia de
George, en cuanto a éxito y estatus, son los personajes e
instituciones de prestigio en Estados Unidos y de ellos le
interesa recibir los espaldarazos.
La gran confrontación entre el imperio militar estadunidense y
el movimiento antiglobalizador se hizo presente en Monterrey,
con Fidel Castro hablando por los oprimidos y contra la
globalización, y Bush defendiendo el militarismo y ofreciendo
al Tercer Mundo menos ayuda anual de la que destina al régimen
invasor israelí.
El intento de Castañeda por limitar el atractivo que el
mensaje de Castro tendría para el pueblo de México y para el
mundo, mediante maquinaciones groseras y despreciables, fue
sin duda del agrado de su patrón texano. Sin embargo, a final
de cuentas, la historia recordará el discurso de Castro en la
conferencia de Monterrey como una contribución al creciente
movimiento mundial contra la globalización.
Los futuros científicos sociales, al estudiar las patologías
políticas, harán notar los extremos a los que el lamebotismo
fue llevado por el ex canciller George Castañeda, todo para
obtener una plaza de profesor visitante en la Escuela Kennedy
de la Universidad de Harvard.
Traducción: Jorge Anaya