23 de marzo del
2002
Crisis en Argentina: Las asambleas ante el 24 de marzo
La creatividad social y los burócratas del orden
Raúl Zibechi
Brecha. Uruguay, 22 de marzo.
Luego de tres meses de intensa actividad, el movimiento de las
asambleas comienza a decaer, aunque siguen surgiendo nuevas,
en medio de ataques represivos e intentos de cooptación de la
izquierda.
Una encuesta difundida hace dos semanas revela la profundidad
de la movilización social desde el 20 de diciembre: en el
Gran Buenos Aires y la Capital Federal un 33 por ciento de los
consultados, uno cada tres, dicen haber participado en
cacerolazos o asambleas barriales. La encuesta, realizada por
Hugo Haime y Asociados y publicada en Página 12 el domingo
10, permite inferir que dos millones y medio de personas
participaron de alguna manera en las protestas. La cifra da
una idea apenas aproximada de la extensión del movimiento en
curso que, aunque se encuentra ahora en la pendiente, ha
modificado radicalmente el escenario social argentino. Un
movimiento de semejante amplitud, que supera ampliamente a la
militancia tradicional, puede ser cualquier cosa menos
ordenado y previsible. Quizá por eso el presidente Eduardo
Duhalde advirtió que "con asambleas no se puede
gobernar". La admonición de Duhalde era una advertencia
no velada, toda vez que desde hace casi un mes los asambleístas
vienen soportando continuas y crecientes agresiones.
La escalada contra las asambleas comenzó en Merlo, localidad
del Gran Buenos Aires, cuando el 22 de febrero una patota del
Partido Justicialista atacó a los caceroleros reunidos en
asamblea. El aparato del justicialismo aún mantiene parte de
su potencia en el conurbano, donde el partido conserva gran
cantidad de municipios, lo que le permite lubricar el sistema
clientelar con múltiples "favores". Los llamados
"punteros" -pequeños y medianos caudillos barriales
que responden a intendentes o "jefes" zonales-
suplen así al viejo y destartalado aparto sindical en las
tareas de control social.
Sin embargo, en Capital el control de la población siempre se
ejerció de forma, digamos, menos ostensible pero no menos
efectiva, a través de la participación de la población en
una parte de los beneficios del sistema -a través del
consumismo-, lo que le aseguraba a éste su neutralidad o su
adhesión activa. Pero el creciente empobrecimiento de la
sociedad dinamitó esta variable, en tanto en la Capital
Federal no existe la tradición clientelar de la provincia. De
modo que las asambleas proliferan sin control.Salvo el que
desde hace dos semanas ejercen otro tipo de patotas, al
parecer policiales, dedicadas a amedrentar a los vecinos
autoconvocados mediante disparos, agresiones o simplemente
filmando sus reuniones.
MULTIPLICIDADES
"La asamblea tiene que conformarse como un factor activo
en la organización social de nuestras vidas", puede
leerse en el boletín de la Asamblea Popular de Boedo y San
Cristóbal. Se trata de una nueva cultura política que emerge
entre los intersticios de la vida cotidiana asentada, más que
en ideologías definidas, en el sano sentido común. Así, las
asambleas combinan las demandas globales (no pago de la deuda
externa, reclamo de trabajo, anulación de las leyes de
impunidad, etcétera) con la organización de compras
comunitarias, apertura de comedores para desocupados o
cuestiones relacionadas con la educación y la salud en cada
uno de sus barrios.
Pero lo que más sorprende, y que sólo puede conocerse
participando en alguna asamblea, es la forma como funcionan.
Salvo en los días de lluvia, todas se realizan al aire libre,
en plazas, parques o esquinas. Al comenzar cada asamblea, se
eligen dos personas para coordinarla, y a veces otras dos para
tomar nota, que pueden ser revocadas durante la misma
asamblea, como sucedió en algunos casos, si no respetan las
normas democráticas de funcionamiento. Los coordinadores sólo
coordinan. O sea, se limitan a que cada orador no sobrepase su
tiempo, en general de tres minutos, toman nota de las
propuestas y llaman la atención sobre los límites horarios.
Porque las asambleas, en general, cuando definen su temario
ponen una hora de finalización, para evitar que los debates
se alarguen y se queden sólo los militantes de los partidos.
Muchas asambleas, y es que no existe un patrón común,
dividen las tres horas de reunión, por ejemplo, en tres
temas: problemas del barrio, cuestiones generales del país y
propuestas concretas que son votadas al final. Se procura que
los coordinadores, así como los dos o tres delegados que se
nombran en cada reunión para participar en la asamblea
interbarrial de los domingos, sean rotativos. La idea central,
"Que se vayan todos", demostró en estos tres meses
ser más que una consigna: es una forma de entender las
relaciones humanas para el manejo de la esfera pública, eso
que habitualmente, y a falta de un vocablo mejor, llamamos política.
Como al principio la mayoría de los vecinos no se conocía,
al comenzar a hablar cada uno se presentaba; nombre, actividad
y otros datos. Esta costumbre aún persiste en algunas
asambleas. Y es que los contactos cara a cara son el fuerte de
los vecinos autoconvocados. Parten del orgullo de haber sido
ellos, sin niguna mediación de ningún tipo, los que
protagonizaron las jornadas del 19 y 20 de diciembre, los que
derribaron dos gobiernos y mantienen en jaque a los poderes.
Con el paso de las semanas, y el aquietamiento del desbordado
activismo inicial, las asambleas van definiendo tareas. Todas
tienen comisiones, algunas superan la decena, que se reúnen
semanalmente. Las hay que prefieren trabajar con el hospital
del barrio, en tareas de apoyo o de debate con el cuerpo médico,
hasta las que se meten en los vericuetos del debate político-ideológico
más tradicional. Pero los vecinos han ganado en autoestima, y
ahora se pueden ver comisiones que discuten de igual a igual
con el director de un hospital, sobre la forma de organizar la
atención o cuestionan la falta de fondos o la distribución
de los mismos.
No pocas asambleas realizaron festivales para recaudar fondos
para guarderías, escuelas o grupos de jubilados. Varias de la
zona del Once se destacaron en el apoyo a las obreras de la fábrica
Brukman, autogestionada desde que en diciembre la abandonaron
sus patrones. La semana pasada, ante el inminente desalojo
policial, cientos de vecinos acudieron en apoyo de las obreras
hasta obligar a la gendarmería a desistir del desalojo.
INTERFERENCIAS
Las asambleas han demostrado ser espacios de encuentro
horizontales, en los que la participación de mujeres y jóvenes
es muy elevada, quizá por esos mismos rasgos y las elevadas
dosis de libertad existentes. A menudo surgen problemas con
los partidos. Al principio se les pidió que acudieran sin
banderas ni pancartas. Pero como los megáfonos y los
parlantes que se utilizan suelen proveerlos los grupos de
izquierda, consideran que eso les otorga algún
"derecho" para imponer sus propuestas o hablar más
tiempo del convenido. En no pocos casos sugieron conflictos.
En otros, los vecinos votaron con los pies abandonando las
asambleas, que en esos casos quedan como espacios de disputas
interpartidarias.
Un capítulo aparte merecen las reuniones de los domingos por
la tarde en el parque Centenario. Allí confluyen las más de
cien asambleas de la capital. El domingo 17 se realizó la
primera reunión interbarrial nacional, con delegados del
conurbano y de provincias. En ese espacio, y desde hace ya dos
meses, se vienen reuniendo delegados de las asambleas porteñas
y vecinos. Llama la atención la reacción de la multidud,
habitualmente de entre tres y cuatro mil personas, cuando
surge una propuesta o una actitud que se considera problemática
o negativa o que simplemente violenta el espíritu de los
asistentes.
Algo así sucedió hace un par de semanas, a propósito de si
había que votar o no una determinada propuesta, que la
asamblea consideraba no era el momento para hacerlo. El orador
siguió hablando, pero la asamblea se fragmentó en decenas de
corrillos y círculos en los que la gente debatía qué hacer.
Al cabo de algunos minutos de murmullos y elevado caos, y
mientras el orador seguía impertérrito micrófono en mano,
varios vecinos se pusieron de pie y comenzaron a gritar.
Voceaban las decisiones de sus pequeños e informales grupos,
hasta que el orador pareció comprender que no contaba con la
aprobación de la mayoría. La calma demoró varios minutos más
en instalarse, pero al cabo de un tiempo la gran asamblea ya
volvía a funcionar de la manera habitual.
Ciertamente, la lógica de las asambleas es difícil de
comprender para muchos, en particular para los militantes y
los analistas universitarios. Exaspera el desorden, a veces la
lentitud. Las asambleas llevan sus propuestas a la
interbarrial de los domingos y allí se aprueban líneas de
acción que deben volver a las asambleas para su aprobación
definitiva. Sin embargo, no habría motivo para sorprenderse:
las comunidades indígenas, en Chiapas o en Ecuador, o en
cualquier otro sitio, funcionan de la misma forma.
Los problemas con los partidos (todos pequeños partidos de la
izquierda como el Partido Obrero, el mst, Izquierda Unida y
otros) llevaron en una ocasión a un asambleísta a presentar
una moción que reflejaba dónde creen muchos que debe residir
la soberanía: "Presento como moción que los militantes
de los partidos no vengan a las asambleas a bajar la línea de
sus partidos sino que lleven las posiciones de las asambleas a
sus partidos".
La militancia de izquierda está preocupada por darle
coherencia y organización a ese vasto y desordenado magma. Y,
en medio de la movilización, procura captar adeptos para
engrosar sus escuálidas filas. Sin embargo, pese al caos
organizativo y al desorden, el movimiento ha demostrado un
activismo enorme y una creatividad muy superiores a los que la
izquierda ha mostrado en décadas. Y no sólo en Argentina.
MANEJARSE EN LA INCERTIDUMBRE
Luis Mattini, último secretario general del Ejército
Revolucionario del Pueblo (erp) antes de su disolución en
1980, se ha convertido en uno de los más filosos críticos de
las prácticas de la izquierda tradicional. Sostiene que la
sociedad está ante una crisis de la representación, pero no
de tales o cuales representantes, sino del concepto mismo.
"La hipótesis a discutir es que hay algo inherente a la
representatividad que produce seducción, incompetencia o
corrupción de los representados. Ese algo es el agotamiento
de la racionalidad de la sociedad industrial", sostiene
en un reciente artículo. Mattini se pregunta si han existido
sociedades sin representación, pero antes de responder
negativamente, dice que habría que estudiar "esa parte
de la historia de la que no se ocupó Hegel, la parte no
'civilizada' o los llamados pueblos sin historia'".
Asegura que la militancia de izquierda es casi impermeable a
la nueva racionalidad que surge de los nuevos sujetos sociales
y, por ello, se convierte en un verdadero obstáculo. Por
ejemplo: creen que organizar es poner orden, con lo que matan
la frescura, la creatividad y hasta la participación de los
vecinos.
Posiciones como las de Mattini van abriéndose paso, muy
lentamente y a fuerza de golpes de realidad, entre sectores
juveniles activos. Quizá porque cada vez son más los que
perciben la hondura de la crisis, una crisis civilizatoria que
pone en jaque los paradigmas tradicionales, que siempre
hicieron hincapié en el control y la dominación. Los científicos
lo comprendieron mucho antes que los políticos. El premio
Nobel de Química Ilya Progogine señala que "la ciencia
clásica privilegiaba el orden y la estabilidad", en
tanto tenía dificultades para analizar las fluctuaciones y la
inestabilidad. Algo similar le sucede a las ciencias sociales
y a la izquierda, que tienden a expulsar fuera de su campo
analítico todo lo relacionado con el caos, el desorden y la
incertidumbre. O, peor aun, pretenden "ordenarlo".
Las asambleas y los verdaderos movimientos sociales son como
las máquinas vivas que describe Edgar Morin: "toleran
una cantidad considerable de desorden". En tanto, la máquina
artificial (pongamos por caso los partidos o los grupos
jerarquizados) "apenas aparece un elemento de desorden,
se detiene". Podrá objetarse que el mundo social y la
naturaleza no admiten este tipo de comparaciones. Sin embargo,
muchos científicos, como el propio Prigogine, sostienen
lo contrario. Y defienden la idea de que "el modo
apropiado de acercarse a la naturaleza, para aprender de su
complejidad y belleza, no es a través de la dominación y el
control, sino mediante el respeto, la cooperación y el diálogo".
Una actitud que podría ayudar a los militantes de los
partidos a no repetir los peores errores del pasado.