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Crisis en Argentina: Las asambleas
ante el 24 de marzo
La creatividad social y los burócratas del orden
Raúl Zibechi
Brecha. Uruguay, 22 de marzo.
Luego de tres meses de
intensa actividad, el movimiento de las asambleas comienza a
decaer, aunque siguen surgiendo nuevas, en medio de ataques
represivos e intentos de captación de la izquierda.
Una encuesta difundida hace dos semanas revela la profundidad de
la movilización social desde el 20 de diciembre: en el Gran
Buenos Aires y la Capital Federal un 33 por ciento de los
consultados, uno cada tres, dicen haber participado en
cacerolazos o asambleas barriales. La encuesta, realizada por Hu
go Haime y Asociados y publicada en Página 12 el domingo 10,
permite inferir que dos millones y medio de personas
participaron de alguna manera en las protestas. La cifra da una
idea apenas aproximada de la extensión del movimiento en curso
que, aunque se encuentra ahora en la pendiente, ha modificado
radicalmente el escenario social argentino.
Un movimiento de semejante amplitud, que supera ampliamente a la
militancia tradicional, puede ser cualquier cosa menos ordenado
y previsible. Quizá por eso el presidente Eduardo Duhalde
advirtió que "con asambleas no se puede gobernar". La admonición
de Duhalde era una advertencia no velada, toda vez
que desde hace casi un mes los asambleístas vienen soportando
continuas y crecientes agresiones.
La escalada contra las asambleas comenzó en Merlo, localidad del
Gran Buenos Aires, cuando el 22 de febrero una patota del
Partido Justicialista atacó a los caceroleros reunidos en
asamblea. El aparato del justicialismo aún mantiene parte de su
potencia en el conurbano, donde el partido conserva gran
cantidad de municipios, lo que le permite lubricar el sistema
clientelar con múltiples "favores". Los llamados "punteros"
-pequeños y medianos caudillos barriales que responden a
intendentes o "jefes" zonales- suplen así al viejo y
destartalado aparto sindical en las tareas de control social.
Sin embargo, en Capital el control de la población siempre se
ejerció de forma, digamos, menos ostensible pero no menos
efectiva, a través de la participación de la población en una
parte de los beneficios del sistema -a través del consumismo-,
lo que le aseguraba a éste su neutralidad o su adhesión activa.
Pero el creciente empobrecimiento de la sociedad dinamitó
esta variable, en tanto en la Capital Federal no existe la
tradición
clientelar de la provincia. De modo que las asambleas proliferan
sin control.
Salvo el que desde hace dos semanas ejercen otro tipo de
patotas, al parecer policiales, dedicadas a amedrentar a los
vecinos autoconvocados mediante disparos, agresiones o
simplemente filmando sus reuniones.
MULTIPLICIDADES "La asamblea tiene que conformarse como un
factor activo en la organización social de nuestras vidas",
puede leerse en el boletín de la Asamblea Popular de Boedo y San
Cristóbal. Se trata de una nueva cultura política que emerge
entre los intersticios de la vida cotidiana asentada, más que en
ideologías definidas, en el sano sentido común. Así, las
asambleas combinan las demandas globales (no pago de la deuda
externa, reclamo de trabajo, anulación de las leyes de
impunidad, etcétera) con la organización de compras
comunitarias, apertura de comedores para desocupados o
cuestiones relacionadas con la educación y la salud en cada uno
de sus barrios.
Pero lo que más sorprende, y que sólo puede conocerse
participando en alguna asamblea, es la form a como funcionan.
Salvo en los días de lluvia, todas se realizan al aire libre, en
plazas, parques o esquinas. Al comenzar cada asamblea, se eligen
dos personas para coordinarla, y a veces otras dos para
tomar nota, que pueden ser revocadas durante la misma asamblea,
como sucedió en algunos casos, si no respetan las normas
democráticas de funcionamiento.
Los coordinadores sólo coordinan. O sea, se limitan a que cada
orador no sobrepase su tiempo, en general de tres minutos, toman
nota de las propuestas y llaman la atención sobre los límites
horarios. Porque las asambleas, en general, cuando definen su
temario ponen una hora de finalización, para evitar que
los debates se alarguen y se queden sólo los militantes de los
partidos.
Muchas asambleas, y es que no existe un patrón común, dividen
las tres horas de reunión, por ejemplo, en tres temas: problemas
del barrio, cuestiones generales del país y propuestas concretas
que son votadas al final. Se procura que los coordinadores, así
como los dos o tres delegados que se nombran en cada reunión
para participar en la asamblea interbarrial de los domingos,
sean rotativos. La idea central, "Que se vayan todos", demostró
en
estos tres meses ser más que una consigna: es una forma de
entender las relaciones humanas para el manejo de la esfera
pública, eso que habitualmente, y a falta de un vocablo mejor,
llamamos política.
Como al principio la mayoría de los vecinos no se conocía, al
comenzar a hablar cada uno se presentaba; nombre, actividad y
otros datos. Esta costumbre aún persiste en algunas asambleas. Y
es que los contactos cara a cara son el fuerte de los vecinos
autoconvocados. Parten del orgullo de haber sido ellos, sin
niguna mediación de ningún tipo, los que protagonizaron las
jornadas del 19 y 20 de diciembre, los que derribaron dos
gobiernos y mantienen en jaque a los poderes.
Con el paso de las semanas, y el aquietamiento del desbordado
activismo inicial, las asambleas van definiendo tareas. Todas
tienen comisiones, algunas superan la decena, que se reúnen
semanalmente. Las hay que prefieren trabajar con el hospital del
barrio, en tareas de apoyo o de debate con el cuerpo médico,
hasta las que se meten en los vericuetos del debate
político-ideológico más tradicional. Pero los vecinos han ganado
en
autoestima, y ahora se pueden ver comisiones que discuten de
igual a igual con el director de un hospital, sobre la forma de
organizar la atención o cuestionan la falta de fondos o la
distribución de los mismos.
No pocas asambleas realizaron festivales para recaudar fondos
para guarderías, escuelas o grupos de jubilados. Varias de la
zona del Once se destacaron en el apoyo a las obreras de la
fábrica Brukman, autogestionada desde que en diciembre la
abandonaron sus patrones. La semana pasada, ante el
inminente desalojo policial, cientos de vecinos acudieron en
apoyo de las obreras hasta obligar a la gendarmería a desistir
del desalojo.
INTERFERENCIAS
Las asambleas han demostrado ser espacios de encuentro
horizontales, en los que la participación de mujeres y jóvenes
es muy elevada, quizá por esos mismos rasgos y las elevadas
dosis de libertad existentes. A menudo surgen problemas con los
partidos. Al principio se les pidió que acudieran sin banderas
ni pancartas. Pero como los megáfonos y los parlantes que se
utilizan suelen proveerlos los grupos de izquierda, consideran
que eso les otorga algún "derecho" para imponer sus propuestas o
hablar más tiempo del convenido. En no pocos casos sugieron
conflictos. En otros, los vecinos votaron con los pies
abandonando las asambleas, que en esos casos quedan como
espacios de disputas interpartidarias.
Un capítulo aparte merecen las reuniones de los domingos por la
tarde en el parque Centenario. Allí confluyen las más de ci en
asambleas de la capital. El domingo 17 se realizó la primera
reunión interbarrial nacional, con delegados del conurbano y de
provincias. En ese espacio, y desde hace ya dos meses, se
vienen reuniendo delegados de las asambleas porteñas y vecinos.
Llama la atención la reacción de la multidud, habitualmente de
entre tres y cuatro mil personas, cuando surge una propuesta o
una actitud que se considera problemática o negativa o que
simplemente violenta el espíritu de los asistentes.
Algo así sucedió hace un par de semanas, a propósito de si había
que votar o no una determinada propuesta, que la asamblea
consideraba no era el momento para hacerlo. El orador siguió
hablando, pero la asamblea se fragmentó en decenas de corrillos
y círculos en los que la gente debatía qué hacer. Al cabo de
algunos minutos de murmullos y elevado caos, y mientras el
orador seguía impertérrito micrófono en mano, varios vecinos se
pusieron de pie y comen zaron a gritar. Voceaban las decisiones
de sus pequeños e informales grupos, hasta que el orador pareció
comprender que no contaba con la aprobación de la mayoría. La
calma demoró varios minutos más en instalarse,
pero al cabo de un tiempo la gran asamblea ya volvía a funcionar
de la manera habitual.
Ciertamente, la lógica de las asambleas es difícil de comprender
para muchos, en particular para los militantes y los analistas
universitarios. Exaspera el desorden, a veces la lentitud. Las
asambleas llevan sus propuestas a la interbarrial de los
domingos y allí se aprueban líneas de acción que deben volver a
las asambleas para su aprobación definitiva. Sin embargo, no
habría
motivo para sorprenderse: las comunidades indígenas, en Chiapas
o en Ecuador, o en cualquier otro sitio, funcionan de la misma
forma.
Los problemas con los partidos (todos pequeños partidos de la
izquierda como el Partido Obrero, el mst, Izquierda Unida y
otros) l levaron en una ocasión a un asambleísta a presentar una
moción que reflejaba dónde creen muchos que debe residir la
soberanía: "Presento como moción que los militantes de los
partidos no vengan a las asambleas a bajar la línea de sus
partidos sino que lleven las posiciones de las asambleas a sus
partidos".
La militancia de izquierda está preocupada por darle coherencia
y
organización a ese vasto y desordenado magma. Y, en medio de la
movilización, procura captar adeptos para engrosar sus
escuálidas filas. Sin embargo, pese al caos organizativo y al
desorden, el movimiento ha demostrado un activismo enorme y una
creatividad muy superiores a los que la izquierda hamostrado en
décadas. Y no sólo en Argentina.
MANEJARSE EN LA INCERTIDUMBRE
Luis Mattini, último secretario general del Ejército
Revolucionario del Pueblo (erp) antes de su disolución en 1980,
se ha convertido en uno de los más filosos críticos de las
prácticas de la izq uierda tradicional. Sostiene que la sociedad
está ante una crisis de la representación, pero no de tales o
cuales representantes, sino del concepto mismo. "La hipótesis a
discutir es que hay algo inherente a la representatividad que
produce seducción, incompetencia o corrupción de los
representados. Ese algo es el agotamiento de la racionalidad de
la sociedad industrial", sostiene en un reciente artículo.
Mattini se pregunta si han existido sociedades sin
representación, pero antes de responder negativamente, dice que
habría que estudiar "esa parte de la historia de la que no se
ocupó Hegel, la parte no 'civilizada' o los llamados 'pueblos
sin historia'". Asegura que la militancia de izquierda es casi
impermeable a la nueva racionalidad que surge de los nuevos
sujetos sociales y, por ello, se convierte en un verdadero
obstáculo. Por ejemplo: creen que organizar es poner orden, con
lo que matan la frescura, la creatividad y hasta la
participación de los vecinos.
Posiciones como las de Mattini van abriéndose paso, muy
lentamente y a fuerza de golpes de realidad, entre sectores
juveniles activos. Quizá porque cada vez son más los que
perciben la hondura de la crisis, una crisis civilizatoria que
pone en jaque los paradigmas tradicionales, que siempre hicieron
hincapié en el control y la dominación. Los científicos lo
comprendieron mucho antes que los políticos. El premio Nobel de
Química Ilya Progogine señala que "la ciencia clásica
privilegiaba el orden y la estabilidad", en tanto tenía
dificultades para analizar las fluctuaciones y la inestabilidad.
Algo similar le sucede a las ciencias sociales y a la izquierda,
que tienden a expulsar fuera de su campo analítico todo lo
relacionado con el caos, el desorden y la incertidumbre. O, peor
aun, pretenden "ordenarlo".
Las asambleas y los verdaderos movimientos sociales son como las
máquinas vivas que describe Edgar Morin: "toleran una cantidad
considerable de desorden". En tanto, la máquina artificial
(pongamos por caso los partidos o los grupos jerarquizados)
"apenas aparece un elemento de desorden, se
detiene". Podrá objetarse que el mundo social y la naturaleza no
admiten este tipo de comparaciones. Sin embargo, muchos
científicos, como el propio Prigogine, sostienen lo contrario. Y
defienden la idea de que "el modo apropiado de acercarse a la
naturaleza, para aprender de su complejidad y belleza, no es a
través de la dominación y el control, sino mediante el
respeto, la cooperación y el diálogo". Una actitud que podría
ayudar a los militantes de los partidos a no repetir los peores
errores del pasado
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