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Exposición de José Luis Coraggio en la Conferencia  sobre Economía Solidaria (Foro Social Mundial, Porto Alegre, 1-5 febrero 2002)

 

Durante tres décadas las teorías económicas neoliberales, al servicio del conservadurismo y de los monopolios, han pretendido validar el principio del mercado total, sosteniendo que todas las actividades humanas pueden realizarse mejor si se organizan como mercados libres donde cada individuo procure egoístamente lo mejor para sí, compitiendo sin límites con todos los demás. Han afirmado que la economía es una esfera independiente, cuya lógica objetiva pretendidamente universal debe cumplirse como ley de la naturaleza so pena de generar el caos, y que la política, la resistencia social y cultural, los valores más profundos de lo humano y el mismo sentido común debían ser desplazados por el economicismo como sentido final. Han dispuesto que el mercado debe indicar quién tiene capacidades y quién no, quién merece ser sujeto de derechos humanos y quién no.

 

Esta ideología, vendida –mas bien untada- como pomada mágica a los gobiernos tecnocráticos, dice que lo importante no es la calidad de los procesos, sino los resultados. Apliquémosle entonces su propia regla de oro: los resultados de esta ideología vienen siendo el empobrecimiento, la concentración de la riqueza en aquellas sociedades que siguen su dictado y en el mundo en su conjunto, la exclusión, la crisis del modelo mismo (como demuestra dramáticamente la Argentina), la desesperanza y la guerra... Entre cero y diez ¿qué calificación merecen los gurús de la economía, por el experimento irresponsable, disfrazado de ciencia, al que han sometido a la humanidad? ¡¡¡CERO!!!

 

El sistema interestatal y sus organizaciones multilaterales - Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio - han mostrado su incapacidad para gobernar al mundo con justicia y objetividad, y para promover el respeto mutuo de los pueblos. Por el contrario, representan e imponen los intereses del capital financiero y de ciertos gobiernos. La revolución del conocimiento puesta al servicio del capital ha desatado un ritmo acelerado de innovaciones, muchas de las cuales avasallan los derechos del trabajo y resultan destructivas de las sociedades y de los equilibrios ecológicos. Las tendencias empíricas indican con total certidumbre que no podemos esperar a que el dinamismo del propio capital nos vuelva a integrar: bajo su predominio no volverá a haber pleno empleo, ni volverá a plantearse siquiera la promesa del liberalismo de que – aunque con desigualdad creciente - todos podríamos experimentar una mejoría en nuestra calidad de vida, a lo largo de nuestras vidas e intergeneracionalmente.

 

Tenemos que plantear alternativas a las políticas macroeconómicas que propugnan el FMI, el BM o el Tesoro Norteamericano, a las reglas asimétricas del comercio internacional que viene generando la OMC, todo ello celebrado o diseñado en el Foro Económico de Davos. Debemos oponer, a la prioridad del derecho a la propiedad privada de unos miles de capitalistas, el derecho a la vida de miles de millones de seres humanos y hasta de continentes enteros. Pero no es suficiente tratar de modificar las políticas que vienen desde arriba. En todo caso, hacerlo efectivamente requeriría  democratizar los estados y los sistemas políticos nacionales, lo que no puede lograrse sin un poder social construido de abajo hacia arriba, con firmes bases materiales que le den autonomía para disputar palmo a palmo el terreno al gran capital y a sus élites gobernantes asociadas, mucho más allá de reivindicar simplemente un trato menos salvaje.

 

Esas bases materiales puede proveerlas otra economía, centrada en el trabajo y no en el capital. Esto requiere otros arreglos sociales para promover la valoración y el desarrollo pleno de las capacidades de todos los habitantes de este planeta, organizando de manera cada vez más adecuada y justa el uso de los recursos materiales -naturales y humanos- y la aplicación de conocimientos y sabidurías para satisfacer las necesidades de todos de acuerdo a modos de consumo racionales en armonía con la naturaleza.

 

Una clave de la propuesta de la economía solidaria es institucionalizar -mediante la práctica y mediante normas expresas- reglas morales que sobre conformen el funcionamiento de toda la economía. Para ello plantea consolidar, desarrollar o construir un fuerte subsistema de la economía –de alcance global pero con ramificaciones en todas las regiones y localidades del mundo- que sea conscientemente regido por esas normas, estableciendo alianzas entre diversas formas de organización de la producción, la distribución y el consumo, que aseguren la reproducción ampliada de la vida de toda la población del mundo.

 

No se trata de una propuesta anti-mercado, porque la escala de los intercambios que se requieren para hacerla sostenible sólo puede alcanzarse mediante mercados regulados y liberados del monopolio capitalista. Tampoco se trata de buscar refugio en comunidades aisladas del resto del mundo, sino de vincular dinámicamente la fuerza de las iniciativas locales con el amplio espacio de solidaridad global al que hoy es posible acceder con las nuevas tecnologías, si son adecuadamente controladas por las sociedades.

 

No se trata de una propuesta anti-Estado. Requiere que la economía pública sea imbuida de los valores de la economía moral, cambiando de signo sus procesos de reforma, fortaleciéndose al democratizarse junto con los sistemas de representación política y social y poniéndose al servicio de las mayorías a las que pretende representar. Mientras el sector capitalista recorre su transición terminal -que presumiblemente no será corta, como advierte I. Wallerstein- debemos confrontarlo limitando su voracidad de acumulación, mediante el poder político democrático basado en los nuevos movimientos y poderes sociales,  así como compitiendo por las voluntades y los recursos desde esta nueva economía orientada por  principios morales basados en la solidaridad de toda la especie humana.

 

Aunque es ambiciosa, esta propuesta debe tener la modestia necesaria para abrirse, enriquecerse y rectificarse en los procesos de aprendizaje y diálogo continuo, mientras participamos activamente en la transformación de la realidad, mientras atendemos las gravísimas emergencias en que nos ha sumido el neoliberalismo, superando la mera acción reactiva y fragmentaria, para pasar a actuar dentro un marco estratégico que oriente las decisiones colectivas. Para contribuir a ello, sin perder la autonomía del pensamiento crítico y propositivo, los intelectuales deben fortalecer su vinculación y compromiso con las decisiones y luchas de las trabajadoras y trabajadores en cada cultura.

 

No estamos hablando de ideas utópicas, sino de OTRO MUNDO POSIBLE, basado en la consolidación, promoción, potenciamiento y enriquecimiento humano de realidades ya existentes:

·        Miles de redes nacionales y globales de productores y consumidores vinculados por relaciones económicas más justas.

·        Miles de sindicatos que mantienen su lucha por un salario justo y condiciones humanas de trabajo.

·        Miles de nuevos movimientos sociales que luchan contra la discriminación, la explotación y en defensa de los derechos humanos que viola el sistema capitalista globalizado.

·        Decenas de miles de iniciativas colectivas, gestionando desde la sociedad recursos privados y públicos, formas asociativas, comunitarias, de producción conjunta, de banca ética, de resolución de necesidades que el mercado capitalista no considera porque no son fuente de ganancias.

·        Centenas de miles de organizaciones de crédito solidario, de ayuda mutua, de servicios públicos autogestionados, de trabajo voluntario, producción que sostiene identidades étnicas, que produce relaciones sociales más igualitarias, que elimina la explotación entre mujeres y hombres, que ataca el patriarcalismo y el clientelismo, que valoriza a los jóvenes y a la tercera edad, que valora los equilibrios ecológicos de los que depende la vida en el planeta.

·        Miles de millones de iniciativas de reproducción y trabajo autónomo en unidades domésticas del campo y la ciudad y sus microemprendimientos asumidos principalmente por mujeres.

 

Esas formas de producción y de reproducción de la vida ya existen, ya encaran de otra manera sus contradicciones internas -como la doble explotación de las mujeres a la que se refirió Rosa Guillén- y pugnan por afianzarse en un mundo hasta ahora dominado por el patrialcalismo, por el asistencialismo, por el mercado capitalista y por gobiernos que están más preocupados por la gobernabilidad y por ser aceptados por las cúpulas de poder financiero, por la prioridad a su “responsabilidad” de reducir la carga fiscal al capital, por ser buenos pagadores de deudas ilegítimas y por seguir la recetas del neoliberalismo, antes que por su responsabilidad como representantes de la sociedad

 

¿Qué proponemos? Proponemos superar la fragmentación mediante la articulación, el aislamiento mediante la asociación y el encuentro idiológico, la acción reactiva y defensiva mediante una acción programática destinada a dar la imprescindible respuesta a la emergencia en que nos sume el programa neoliberal pero vinculándola con la creación de las condiciones para acelerar la transición final del sistema actual hacia otro sistema-mundo más igualitario, sostenible social, política, ecológica y económicamente, en el que los valores de la convivencia humana gobiernen por sobre los valores del lucro sin límites.

 

Estamos proponiendo a este FORO SOCIAL MUNDIAL, y a las organizaciones sociales, políticas y culturales participantes, que adopten una estrategia que unifique esas iniciativas, que admita la diversidad de sus orígenes –laicos o de diversas religiones, de Oriente y de Occidente, del Norte o del Sur-, de sus culturas, de sus intereses particulares, y ponga en marcha la tan mentada sinergia, tan difícil de lograr cuando el mismo campo popular está atravesado por conflictos y competencias por la sobrevivencia.

 

Proponemos construir conscientemente un sistema global de economía solidaria, una economía que no represente la autojustificación del enriquecimiento a costa de los demás sino que represente la moral de las clases trabajadoras en un amplio espectro, donde sociedad, política y cultura se revitalicen, encarnándose en formas económicas centradas en el trabajo y en la lógica de la reproducción en condiciones siempre mejores de la vida humana de todas las personas, comunidades y sociedades, cada una en sus propios términos. Implica articular las nuevas formas socioeconómicas y políticas con las reivindicaciones históricas dentro de cada sistema cultural y en particular dentro del sistema capitalista: salario digno, seguridad social, condiciones del trabajo asalariado de mujeres y hombres, igualdad política, etc.

 

La moral de l@s trabajador@s representa una racionalidad substantiva de orden societal: todos los seres humanos deben tener sus necesidades vitales cubiertas a lo largo de su vida, tod@s l@s trabajador@s deben tener trabajo y ello debe permitirles una vida acorde con las posibilidades de la tecnología y la naturaleza, y en ningún caso la búsqueda del bienestar individual, comunitario o nacional puede amenazar las bases mismas de la vida en el planeta.

 

Como nos recordó Jean Luis Laville, el movimiento obrero impulsó a principios del siglo XIX formas solidarias en Europa y hoy vuelve a impulsarlas como nos lo muestra la iniciativa de la CUT brasileña, en estrecha vinculación con los nuevos movimientos sociales, en su empeño por impulsar cooperativas del trabajo asumiendo la representación del conjunto de l@s trabajador@as. Y este arco de dos siglos se inscribe en el más amplio arco histórico de las culturas milenarias que el colonialismo pretendió subordinar y que hoy renacen y se extienden en varios continentes con sus formas de reciprocidad, respeto a la naturaleza y preocupación por el orden cósmico.

 

Esta propuesta significa que ya no vamos a esperar que la inversión capitalista                    -productiva o especulativa- nos reintegre como asalariados y consumidores a su antojo, barriendo con las culturas en su afán de mercantilizar y homogeneizar para controlar,  y que vamos a dedicarnos a organizar directamente la producción y el intercambio, a canalizar nuestros propios ahorros, a gestionar las mejores formas de resolver nuestras necesidades, respetanto y aprovechando la riqueza de nuestra diversidad cultural, étnica y geográfica, integrando las acciones productivas desde lo local en ámbitos regionales, nacionales y globales.

 

La tarea propuesta no es fácil. Exige de nosotros combinar la predicción de otro mundo posible -acompañada de un programa de acción para planificar y regular los nuevos mercados-, con el pragmatismo acuciado por las penurias acumuladas en estas décadas, que han traído hambrunas en un mundo capaz de alimentar a varias humanidades. Esto plantea a los movimientos una lucha cultural, una lucha por desarrollar la capacidad de comprensión y de acción racional de los ciudadanos, pues el sentido común ha sido penetrado por los valores neoliberales y del consumismo inmediatista, y debe ser liberado de esas cadenas que impiden pensar las posibilidades que encierra esta época, este momento de transición epocal. En esto es fundamental advertir que al poder y la eficiencia de los grandes monopolios y gobiernos puede oponerse la acción coordinada de masas, hoy manipulada por la ideología individualista. El poder de compra de consumidores y usuarios puede ser una fuerza extraordinaria, junto con el desarrollo de otra conciencia acerca de los efectos del consumo individualista sobre los equilibrios fundamentales del planeta y sus regiones.

 

La economía solidaria es un concepto que abarca un amplio espectro de propuestas y expectativas, y debe permanecer plural, permitiendo la experimentación responsable en la búsqueda de nuevas formas de organización de la producción y la reproducción. Esas propuestas deben poder manifestar sus pretensiones de legitimidad y tendrán variadas respuestas por parte de las sociedades en las diversas culturas y situaciones históricas. El conflicto estará inevitablemente presente en esas búsquedas, pero eso no es malo ni es un obstáculo, si logramos regular esos conflictos de manera de volverlos motor del desarrollo de formas siempre mejores de gestión del sistema de necesidades, de modo que todos los seres humanos puedan desarrollar sus capacidades. Sabemos que las necesidades, entendidas como tensiones por la carencia de determinados bienes o servicios, son una construcción social, en la que el interés del capital ha predominado gestando demandas que realimentan su circuito de acumulación sin fin. Parte fundamental del proyecto de la economía solidaria es tomar conciencia de las opciones que tenemos en cuanto al modo de consumo y sus interrelaciones con los modos de desarrollo de la producción. El Desarrollo Humano Sustentable es una propuesta cuyas pretensiones paradigmáticas deben ser consideradas por la economía solidaria en su búsqueda de una economía no capitalista, no patriarcal, culturalmente plural y no colonizadora.

 

Para lograr toda la fuerza de este movimiento no serán suficientes palabras y propuestas de futuro. (Hoy, hasta el Banco Mundial dice que quiere para nosotros una vida mejor, aunque sus acciones parecen indicar mas bien que de lo que se trata es de que el 40% de la población pase a mejor vida!). Es preciso mostrar empíricamente, con prácticas exitosas, que la economía solidaria es una alternativa infinitamente superior a la lucha darwiniana por la sobrevivencia. Hay que mostrar prácticamente, como lo han hecho Porto Alegre y tantas otras sociedades locales en el mundo, que es posible la democracia participativa, que además es eficiente, pues no sólo permite el control de los funcionarios sino que provee una racionalidad superior que  resulta de combinar el conocimiento técnico-científico con el conocimiento práctico de los ciudadanos y usuarios. Que las pretensiones de legitimidad de los intereses particulares pueden dirimirse mejor en un espacio democrático abierto que mediante lobbies e influencias que se ejercen detrás de las cortinas del poder administrador y que siempre benefician a los más poderosos o a las redes de poder mafioso y corrupto.

 

Esta estrategia sólo puede consolidarse mediante la reforma profunda de las instituciones (como los sistemas jurídico-normativos, que condenan como “ilegal” a la mitad del legítimo trabajo de reproducción), la creación de otras nuevas y la acción cotidiana de centenas de miles de promotores que difundan el conocimiento y la información, que interconecten los emprendimientos solidarios locales, que medien entre los centros de formación y de investigación científica y tecnológica y los productores y consumidores, poniendo a su disposición el conocimiento más avanzado, asegurando la capacidad de innovación, de eficiencia social y de calidad de los procesos y los resultados.

 

Vamos a continuar identificando las múltiples experiencias de la economía solidaria, sistematizando y aprendiendo de sus experimentaciones, de la riqueza de su variedad, afirmando valores humanos y tejiendo redes de intercambio que les permitan potenciar sus capacidades de satisfacer las necesidades de todos. Ya comienzan a multiplicarse los programas de investigación científica y de formación superior en economías alternativas. Debemos penetrar en las estructuras curriculares de los sistemas escolares, comenzando desde los niveles iniciales, para que se abran a la sociedad y faciliten el desarrollo de las capacidades emprendedoras, de comprensión, de comunicación, de creación, de participación y cooperación que requiere una economía de solidaridad.

 

Las propuestas no pueden resultar de individuos, grupos u organizaciones iluminados. Para encarnarse en las prácticas de los millones de trabajadores del mundo deben ganar su legitimidad y para ello deben ser comunicables a los diversos códigos y matrices culturales, deben poder conectarse con el mundo de las necesidades percibidas por las personas, deben ser creíbles, mostrando su viabilidad o la posibilidad de construir las condiciones para su efectivización. Ello requiere superar las declaraciones de tono filosófico general, elaborando participativamente programas de acción concretos, demostrando la legitimidad de las propuestas mediante sus resultados experimentados y valorados positivamente por la gente.

 

No tenemos verdades absolutas, pero tenemos una base empírica innegable de experimentación socioeconómica y la disposición para aprender de nuestras prácticas y las de otros. Por supuesto, no se trata sólo de saberes correctos. Esta propuesta implica confrontar intereses poderosos, ideologías conservadoras y la fuerza del dinero y del poder político alienador de la ciudadanía. Pero ya hemos demostrado a través de las redes de trueque que tenemos el poder de crear nuestra propia moneda social, que podemos resolver necesidades mediante el trabajo comunitario y también que podemos competir en los mercados globales por la voluntad de los consumidores dispuestos a comprar productos en redes de comercio justo y solidario, que buscan la calidad material, social y ecológica de aquellos bienes y servicios que pueden asegurar una producción y un comercio responsables. No se trata entonces de refugiarnos en comunidades aisladas ni de buscar “nichos” de mercado para la producción popular, sino de construir nuevos mercados globales, nuevas relaciones, nuevas relaciones socioeconómicas a escala, proponiendo otra vinculación entre lo local y lo global, entre el interés particular y el interés general intercultural.

 

Esta propuesta es concreta y compleja. Llevará tiempo conformar ese sistema global, consolidar y constituir nuevos sujetos socioeconómicos, imbuir de los valores de la economía solidaria a las administraciones públicas, limitar la furia de acumulación del capital e incluso superar el sentido común legitimador de una economía excluyente que ha pretendido naturalizarse a través de la acción ideológica y del miedo a la exclusión y la represión.

 

Como indicaron Sandra Quintela y Carola Reintjies, estamos ante un desafío histórico: ser parte de la construcción de otra economía centrada en el trabajo, luego de haber experimentado el fracaso de la economía construida por el capital; volver a asumir la responsabilidad social y política por el futuro de la humanidad desde la misma base socioeconómica, revirtiendo las relaciones de poder político y de apropiación de los bienes y recursos del planeta. Como movimiento global vamos a tener que explorar y valorizar nuestras heterogéneas raíces culturales, en el Norte y en el Sur, en Occidente y en Oriente, superando la dependencia Norte-Sur y el eurocentrismo, abriéndonos realmente al descubrimiento y al aprendizaje conjunto de nuestras capacidades de organización del trabajo, de un trabajo de calidad humana que, por sí mismo, sea un camino para la realización de todas las personas.

 

No basta ya con aguantar, con sobrevivir o meramente resistir o golpear cacerolas. Se trata de crear otra economía, una economía solidaria, y confrontar en su propio terreno al capital -que pretendió, pero que ya no puede ser la única forma legítima de organizar la producción, la distribución y el consumo- y a sus aliados estatales.

 

Este es pues un proyecto profundamente político: NO PUEDE HABER OTRA ECONOMIA SIN DEMOCRACIA Y NO PUEDE HABER DEMOCRACIA SIN OTRA ECONOMIA.

 

Cada uno de nosotros, cada idea, cada iniciativa, cada interpelación y cada diálogo cuentan. Que esta conferencia y este seminario de economía solidaria brinden nuevo impulso al movimiento hacia otra economía, hacia otra globalización.
 


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